Esta semana, nada de consejos, ni de clasificaciones de tipos de polvos, ni de listas de éxitos sexuales. La razón: han sido numerosas las peticiones que, en público y en privado, he recibido durante las últimas semanas para que deje de teorizar y hable de una vez por todas de la práctica en sí del sexo. Así pues, atendiendo a los gustos del público, será en este artículo cuando, por fin, me tire a la piscina y cuente una experiencia personal que he pensado que efectivamente bien podría servir de faro o de guía a nuestros lectores, tanto o más que los artículos usuales que aquí suelo escribir. Y es que no hay nada como lo que uno mismo ha vivido en sus propias carnes. Máxime cuando se trata de sexo. Pero vayamos al grano:

A principios del año pasado me apunté al gimnasio. Como el de la mayoría de la gente, ese fue mi propósito de año nuevo. Qué remedio. Apuré las tres o cuatro porciones que quedaban de roscón de reyes, terminé las últimas dos tabletas de turrón de chocolate y también los polvorones de limón (que son los que nadie se come nunca) y fui corriendo (bueno, en realidad fui rapidito, tampoco hay que exagerar) a apuntarme al gimnasio más cercano de mi casa (para qué buscarlo más lejos, sería doblar el esfuerzo tontamente y bastante tenía ya con lo que tenía). Rellené el impreso que me dieron en recepción, pagué la primera cuota y me fui directamente a un bar (también al más cercano que encontré) puesto que el primer día no quería forzar.

Las siguientes semanas las recuerdo algo borrosas. Hice trampa, lo reconozco: como mi propósito fue, textualmente, “apuntarme al gimnasio”, pues no iba nunca. Sin embargo al bar, que estaba justo al lado, iba bastante más a menudo. Hasta que un día entró ella por la puerta: aquella pelirroja recién duchada que salía del gimnasio e iba al mismo bar que yo a tomarse una bebida isotópica después del duro ejercicio. Fue un flechazo. Al principio, para tratar de hacerme visible, opté por dejar la zona más oscura del bar donde normalmente empapaba mis penas en alcohol para acercarme a la barra y, en lugar de con refresco, mezclar mis whiskys con la misma bebida isotópica que ella solía consumir. A las pocas semanas me di cuenta de que con esta estrategia ella nunca se fijaría en mí, que debería abandonar aquellos hábitos alcohólicos míos, armarme de valor e ir al gimnasio si quería que la pelirroja despampanante me tuviera en cuenta, o al menos que alguna vez me mirara con algo menos de desprecio y asco con el que acostumbraba a hacerlo en el bar.

Dicho y hecho. Me compré un chándal nuevo (el de estar por casa no me pareció lo suficientemente sexy, pues tenía bolitas) y estrené mi bono del gimnasio. El primer día fue muy duro, durísimo. El segundo también. Y el tercero. Y así los siete primeros meses, hasta que empecé a notar que mi cuerpo, contra pronóstico, empezaba a verse mejorado ostensiblemente, igual que mi salud. Igualmente, de manera radical y definitiva, decidí sustituir el alcohol por las bebidas isotónicas. Me cambió el humor, me volví incluso más educado, sonreía hasta a los aparcacoches. Todo el mundo me lo decía, incluso el portero de mi edificio, al que hasta entonces no había saludado en la vida y al que ahora reía cada una de sus insulsas gracias. Lo único que seguía fallando era que la pelirroja no me hacía ni caso, por mucho que yo la mirara de reojo. Y había sido ella, solo ella, la causa del cambio de mis rutinas, encaminadas todas ahora a una vida más sana en la que el sexo con ella había sido para mí, y seguía siendo, el objetivo de mi existencia.

Cada día, cuando terminaba mi tabla de ejercicios (mi monitor dijo que estaba ya en el nivel más alto, el pro, y que si seguía a ese ritmo podría pensar firmemente en competir con posibilidades en algún deporte aeróbico en las próximas olimpiadas), irremediablemente buscaba con la vista a mi pelirroja por toda la sala principal de aquel gimnasio en el que su belleza reinaba sin rival. Pero nada: ella seguía sin hacerme ni caso, a pesar de que mi torso era el más fornido de cuantos allí pagaban la cuota.

Hasta que por fin, un feliz día, destrocé la cinta para correr (pues fue la cinta la que no aguantó mi ritmo y no al revés) y en esas, como ella estaba cerca y los tornillos de la máquina, al explosionar, casi le impactan en la cara, entablamos conversación. “Vaya músculos tienes por todas partes”, dijo ella. “Mi dinero me está costando, este gimnasio tiene las cuotas carísimas.” “Qué me vas a contar a mí, si he tenido que vender el coche para poder seguir viniendo.” “Qué robo, no hay derecho.” Fue increíble la conexión alcanzamos en la conversación. La baba me chorreaba por la cara mientras la sonrisa de la pelirroja iluminaba entera la sala principal del gimnasio. Y claro, con la adrenalina a tope después de tanto ejercicio, la vergüenza se quedó agazapada bajo nuestra piel sudada. Me dijo que ese día había hecho “decenas de burpees, docenas de snatch, veintenas de muscle up, y un largo etcétera de ejercicios en inglés que no había quien entendiera. “Yo o me lo dices en cristiano o no me entero”, le contesté. “La verdad es que yo lo que hago es ponerme a hacer el cafre tanto como puedo y cuando estoy con los músculos que me van a reventar me meto en el spa y me quedo la mar de a gusto.”

Mencionar el spa fue acertadísimo. Vamos, que en menos de cinco minutos allí estábamos los dos, con nuestras toallitas, esperando que los pesados que estaban nadando se fueran de una puñetera vez a su casa y nos dejaran solos. Al poco, esto ocurrió. Lo único que tuve que hacer fue gritar que en la sala principal del gimnasio se había declarado un incendio y que todo el mundo tenía que desalojar el lugar inmediatamente o serían calcinados bajo su responsabilidad. Qué risa, algunos socios salieron del baño en pelotas corriendo como pollos sin cabeza. La pelirroja y yo nos reímos a carcajadas durante un buen rato y, por suerte, la emoción y el nervio de la ocasión hizo que empezáramos a tocar nuestros cuerpos (ella el mío y yo él suyo), por fin, sin la censura de las miradas del resto de abonados. Las burbujitas del spa hicieron nuestras delicias hasta que la pelirroja propuso que saliéramos y buscáramos un lugar más seco, puesto que últimamente, dijo, andaba fatal del reuma. Rematamos la faena en los vestuarios, donde no quedaba nadie debido al desalojo que pícaramente servidor había provocado. Sus orgasmos (ella tuvo dos; yo desgraciadamente ninguno, probablemente debido a los nervios) quedaron para siempre grabados en mi retina como una de las experiencias sexuales más vibrantes de toda mi vida (aunque, sinceramente, tampoco es que servidor haya tenido muchas).

Por último, antes de cerrar el artículo de esta semana, me gustaría dejar claro que, aunque lo parezca, nada de lo aquí relatado es inventado (si acaso algún detalle puede que esté un poco exagerado: la pelirroja tampoco era tan guapa en realidad, ni llenaba con tanta luz su sonrisa la sala principal del gimnasio). En cualquier caso, no me despediré sin contar el final de mi historia que, como todas en las que el amor se mete de por medio, es el que el lector se estará imaginando: nunca más volví a ver a la pelirroja. La extraño cada vez que voy al gimnasio. Ya no puedo destrozar máquinas de ejercicio aeróbico o anaérobico mientras la miro de reojo, ya no puedo quejarme de lo caras que son las cuotas del gimnasio a nadie que me entienda de verdad, ya no uso el spa como si fuera el de mi casa y, sobre todo, ya no provoco la alerta entre los usuarios del gimnasio con falsos avisos de incendio.

No la olvidaré nunca. La atracción que sentí por aquella pelirroja me cambió la vida. Y es que no hay nada como el sexo para hacer más saludables los hábitos de una persona.

¿Y tú, tienes alguna experiencia de miraditas en el gym que se te fuera de las manos?