Estábamos en lo mejor cuando de su boca salió ese nombre. Sólo tres sílabas, pero qué amargura me entró de repente. Qué bajada a los infiernos. Qué pena negra. Maldición para ti y para toda tu familia.

Me llamó por el nombre de su ex en el momento más inoportuno. Todavía, cuando me acuerdo, se me pone mal cuerpo. Voy a por un ibuprofeno, ahora vuelvo.

¿No te ha pasado nunca?

Me gustaría saber qué porcentaje de la población lo ha sufrido. Deberíamos crear una asociación. HMAAAST: Hombres y Mujeres Anónimos Afectados por la Amnesia Sexual Transitoria. Sufridores en silencio. Personas inocentes. Gente normal con problemas normales.

Pero bueno, me dije. Tiremos hacia adelante. Llevábamos viéndonos algunos meses. Si me había desplazado hasta las afueras para echar un polvo, no iba a volverme a casa con semejante cabreo.

Así que le propuse usar un gel o lubricante para diluir el disgusto, para ponernos de nuevo a tono, para volver a mi estado de depredación hormonal salvaje.

OK, me dijo. Y desapareció de la habitación. Los segundos se me hicieron minutos. Los minutos, horas. ¿A dónde había ido a buscar el lubricante, a la ferretería del barrio?

Tres o cuatros siglos más tarde, apareció, sonriente, sujetando aquel gran bote con el borde lleno de pringue. Y encima usado, por la mitad. ¿Con quién lo había compartido anteriormente? ¿Con su ex? ¡Qué pesadilla!

Yo me había imaginado un Tokket, uno de esos geles ecológicos, quizás un potenciador del orgasmo, un aceite de masaje, uno de efecto calor… Algo discreto, higiénico y divertido, en pequeñas monodosis. Algo excitante. No ese tarro de grasa de caballo.

“Estoooo”, le dije. “Mira, yo mejor me voy. Mañana será otro día.” Y en el mismo rellano de su casa le borré de todas mis redes sociales.

Se nos rompió la magia.

Ese bote repulsivo, que lo siga usando con su ex.