Ay… ¡el verano! ¡Cuántas cosas chulas! Los helados, las vacaciones, el mar, los juegos, el tiempo libre, la lectura, los mojitos, las noches de marcha… ¿Qué más quieres? Ah, claro. Quieres lo mismo que yo (y lo mismo que todo el mundo): ¡un amor de verano! (Y a ser posible que incluya una experiencia sexual inolvidable.)

Quién no ha vivido uno. Dios, se te quedan grabados para siempre. Lo recuerdo como si fuera ayer. Una tarde como otra cualquiera, bajé a la playa. En la bolsa, lo típico: llaves, móvil, libro, protector solar, potenciador del orgasmo femenino y aceite natural de masaje, ambos de Toka. Casi nada. Para que luego digan que la playa es aburrida.

Pero voy al grano. O mejor dicho, a la arena. Me tumbé en la toalla y, enseguida, el destino me envió a Pablo. Madrileño. También de vacaciones en aquella cala, tan desierta que parecía una postal. Pelazo. Bronceado. Sonrisa luminosa. ¿Era aquello un anuncio? ¿Ahora tendría que depilarme, como esas chicas que salen en ellos? Parecía irreal, ¿dónde estaba la cámara?

¡El chico era perfecto! Tan perfecto que le gusté. Jiji, jaja, jiji, jaja. Qué tontorrones nos ponemos cuando tonteamos. Si me viera a mí misma desde fuera, fijo que me avergonzaría. Pero bueno, más vale un poco avergonzada y satisfecha sexualmente, que al revés. Eso sí que sería una vergüenza: perderme, por tonta, las experiencias únicas que el verano te pone por delante.

En cuanto cayó el sol, como era de esperar, me sugirió que subiéramos a su apartamento. “Tiene muy buenas vistas”, me comentó. “Igual que yo ahora mismo”, contesté mirando su torso griego. “Qué ingeniosa eres”, dijo Pablo. “¿Ingeniosa? Ja. Tú no has visto nada todavía. Pues no soy yo nadie.”

Efectivamente: llegamos a su apartamento y allí sí que me puse ingeniosa. Por cierto, seguro que aquel lugar tenía vistas tremendas, pero yo ni me molesté en mirar por la ventana. Lo que sí hice fue sacar mi arsenal de la bolsa de playa. “¿Un masajito?”, le pregunté agitando con la mano el Tokket de aceite natural (el enriquecido con aceite de almendras, pepita de uva, argán y zanahoria, una maravilla). Respondió con una sonrisa de ciencia ficción. Ay, Pablito. ¿Seguro que eras real?

El calor del apartamento nos importó lo mismo que sus vistas. Pasamos a mayores. “Espera un momento”, le dije. Y correteé desnuda en busca de mi Tokket potenciador del orgasmo femenino. Cuando volví con mi tesoro, me encontré a Pablo esperándome, casualmente, también con un Tokket: un potenciador de orgasmo masculino. Nos partimos de risa. Estaba claro: nuestro amor de verano era de película. (O de anuncio de esos en los que se depilan todo el rato.)

Discretos, higiénicos, y fáciles de transportar: mis Tokkets, una vez más, fueron protagonistas de mi experiencia. Ay, qué gusto. He olvidado su apartamento, he olvidado sus vistas… ¡Pero no he olvidado el rato que pasé con Pablo! Con experiencias así, normal que los veranos sean imborrables.