Por todos es sabido que el amor es el lenguaje universal por excelencia. Que la atracción no necesita de muchas explicaciones. Que a veces, por suerte, sobran las palabras. Y eso es, exactamente, lo que me pasó a mí en mi último viaje a Berlín. ¡Qué experiencia más excitante! Vamos, que no me han dado la nacionalidad alemana de milagro.

Resumo, que hoy vengo al teclado con prisa. He quedado dentro de un par de horas con ella para hablar por Skype. A ver cómo nos apañamos, porque yo no hablo ni papa de alemán, ni ella de español tampoco. ¿En inglés? Pues chapurreamos para lo justo. Para vernos el uno al otro como personas medianamente educadas y civilizadas, aunque en realidad nos hace falta. Porque lo nuestro es salvaje. Lo nuestro es animal. Lo nuestro se escapa a la razón. (Perdón si con la emoción estoy siendo demasiado vehemente, pero insisto: estoy muy excitado. Hace solo una semana que regresé de Berlín y no sólo mi cabeza sigue allí: también otras partes de mi cuerpo.)

La cosa fue muy casual. Pero es que a base de casualidades el ser humano puede llegar a ser feliz. Si no cómo. Piensa en el modo en que se conocieron tus bisabuelos, y luego tus abuelos, tus padres… Cómo se dieron, casi como un milagro inexplicable, todas esas circunstancias para que tú ahora leas las pamplinas que yo escribo aquí. (¡Eso sí que es una casualidad y una suerte, mil gracias por estar ahí!).

Al grano. Madrid. Aeropuerto de Barajas. Terminal 1. Mi vuelo a Berlín se retrasa. Pues vaya. Informo vía WhatsApp a los amigos que me esperan allí. Chicos, que la cosa va para largo. Id comiendo sin mí. Y al rato, más de lo mismo. Oye, que esto no sale. Que hay huelga de nubes o no sé qué dicen por los altavoces. Que vayáis cenando sin mí. Y así todo el día, hasta bien entrada la noche. Queridos, que descanséis. Mañana cuando os levantéis, os duchéis y desayunéis espero estar ya por allí. Nada nuevo bajo el sol. Las cosas de los aeropuertos.

Entre unas cosas y otras, el vuelo de las narices salió a las tantas. Llegué a Berlín a las 4 y pico de la mañana. Demasiado tarde para avisar a mis amigos, que para entonces ya se habrían dormido, si es que no se habían mudado de ciudad o de país, porque tiempo les habría dado. En fin. Y todavía tenía que esperar a la maleta que había facturado, porque en ella les llevaba a mis amigos comida (los angelitos míos no probaban el jamón serrano desde hacía un siglo) y también Tokkets (los pobrecitos míos seguro que no tenían relaciones sexuales en condiciones también desde hacía siglos). Si es que tiene uno que estar en todo.

Bueno, pues de mi maleta ni rastro. Como el Dioni en sus tiempos. ¡Que no aparecía, oye! La cinta transportadora dando vueltas, cada vez con menos cosas, hasta que llegó un señor menudo con bigote y cogió algo que por su funda debía ser o bien un violín o bien una pata de cordero. Estupendo. Y ahora qué. Sin maleta, sin los regalos para mis amigos y, sobre todo, sin ropa interior para cambiarme. Con lo aseado que soy yo (quien ha tenido relaciones conmigo lo sabe). Pues nada, al mostrador de turno. En inglés macarrónico, porque mi inglés es el que aprendí en el instituto. O peor, porque de no usarlo se me ha olvidado el poco que sabía. Vamos, que parezco Sergio Ramos. “My Taylor is rich”. “Sorry for my English”. Lamentable. Menos mal que me ayudé del vocabulario que de las canciones de los Beatles, que me vinieron como anillo al dedo para mi situación. “Please, please me”, “Help”, “All you need is love”. Todo eso.

Y, para cuando me quiero dar cuenta, ay. Resulta que la chica de atención al cliente era la mujer de mi vida. Lo vi en sus ojos. Y también es sus alas, porque era un ángel con alas blancas detrás de un mostrador. Ya no sabía yo si aquello era atención al cliente o las puertas del cielo y una interina sustituía a San Pedro, que a lo mejor estaba de baja. Pero ojo, qué pena, porque había un problema, y gordo: la chica también tenía un inglés como el de los futbolistas cuando felicitan en vídeo las navidades para el mercado internacional. Hay que fastidiarse. La pregunta es cómo la mujer de mis sueños había conseguido un trabajo en atención al cliente en el aeropuerto de Berlín sin saber media palabra de inglés. Menuda espabilada. Vaya bicho. Mi angelito era un diablo disfrazado. Y eso, para qué nos vamos a engañar, a mí me pone más todavía.

Pero no perdamos el hilo. Que yo venía a escribir sobre mi experiencia sexual. Como veíamos que las palabras no nos servían, la ángel-diablo y servidor empezamos a comunicarnos gesticulando. Y cuando uno empieza a gesticular, ya se sabe. Eso puede salir muy bien o muy mal. Nosotros, risas. Complicidad. Ojitos. Y como no teníamos palabras, nos centramos en los hechos. En boca cerrada no entran moscas, así que me acerqué mucho a la suya y me centré en eso, en tapar su boca con mi boca y que así no entraran moscas en ninguna parte. Un estallido de emociones revolucionó la parte superior de mi estómago. El corazón me retumbaba en el pecho.

Y cuando el resto de órganos le dejaron hablar, mi cerebro me dijo, en un pasajero momento de lucidez, que la chica muy profesional la verdad es que no era. ¿Así se tomaba su jornada laboral? ¿Se darían los mismos resfregones que conmigo con todos los pasajeros que no hablaran alemán?

¡Qué más da!, le dije a mi cerebro para que se callara, ¡yo no soy escrupuloso! La chica, como yo, estaba en plena ebullición, era un volcán. No quedaba ni rastro del ángel ni de sus alas blancas. Y yo, por suerte, yeah!, como siempre llevaba Tokkets en el bolsillo de mis jeans, porque yo voy preparado (y aseado) a todas partes. Como está mandado. Como un caballero.

Palabras, ni una. Gemidos, unos cuantos. Falta de aliento, cuando terminamos. Suspiros, cuando me fui dándole un beso y prometiéndole que la llamaría (mediante absurdas señas). La chica, de mi maleta, no supo decirme ni media. Pero con su actitud tremendamente sexy sí que me enseñó otras muchas cosas valiosas. Y es que, cuando el placer es de verdad, sobran las palabras.

¿Y tú? ¿Has tenido experiencias con extranjeros que no hablaban tu lengua? ¿A ti lo que realmente te importa de la lengua es que esté húmeda? ¿Ha habido veces en las que tu cuerpo lo ha dicho todo por ti? ¿Te gustó, o prefieres tener relaciones con alguien que hable cristiano?