¡Ay, el gimnasio! Ese lugar al que vamos en enero para cumplir con el invariable propósito de matricularnos. Luego esperamos a que nos caigan músculos del cielo. Y claro, nunca caen. Somos los “pagacuotas”. Nos esforzamos menos que Falete. Preferimos curtir nuestros cuerpos serranos en los bares, a base de cervezas y productos ibéricos, a base de bien. El gimnasio nos adelgaza, sí, pero porque cuando vemos uno salimos corriendo.

Esta historia es la de un amigo que SÍ va al gimnasio. Un bicho raro. Muy musculado y lo que tú quieras, pero un bicho raro. Bueno. Pues dice que un día hizo crossfit (para los no iniciados: crossfit es correr pero en inglés y encima de una cinta como la de los aeropuertos), y que terminó con la adrenalina a tope. Tanto que se le calentó la imaginación y le entraron ganas locas de meterse en el spa, pero no solo, sino con aquella chica con la que solía coincidir. (Para los de secano, explico lo del spa: se trata de darse baños a diferentes temperaturas. Como los baños árabes pero en versión urbana, moderna, malasañera y más cara que otra cosa).

Pues dice mi amigo que después del spa, de una sesión de decenas de burpees, de docenas de snatch, de veintenas de muscle up y otros palabros así (a mí me suena todo a juegos de la Play, si quieres saber más busca en Google), apareció la susodicha, que insistía en mirar con deseo mientras cambiaba de marcha en su sesión de spinning (esto creo que consiste en bajar y subir escalones, pero no me hagas mucho caso).

Bueno. Siempre según su versión, a base de miraditas, la cosa fue poniéndose tan y tan excitante que, en cuanto pudieron, aprovecharon para meterse juntos en el spa (recordemos: los baños árabes modernos). Qué maravilla. En este momento interrumpí a mi amigo para decirle que no me extrañaba que las cuotas del gimnasio fueran tan caras, pero que merecía la pena.

Que no le interrumpiera con pamplinas. Que en el spa sí que hicieron ejercicio de verdad. Que los burpees, el snatch y los comosellamen se quedaron en nada. Que subieron la temperatura del agua, tanto que se hubieran podido preparar allí unos espaguetis. Entonces le corté para decirle que las burbujas pudieron deberse a que la chica tuviera gases. Otra vez, que gracia ninguna, que no le interrumpiera.

Que se tocaron. Que al principio despacio y sutilmente. Y que luego a saco, gozando de lo lindo. Qué envidia me dio. No sólo por sus músculos. También por pagar la cuota y conocer a una chica como aquella diosa de espíritu atlético. Nada, me resumió, que no entraría en detalles, porque él era un caballero y esas cosas no se cuentan. Pero que el tema con la diosa fue espectacular. Y, ojo, que no era la primera vez que tenía una experiencia en aquel gimnasio. “¿Estás seguro de que eso es un gimnasio?”, le pregunté yo, ya extrañado. Que sí: “lo que pasa es que la gente es muy atractiva, y no se pasa el día en los bares tomando cervezas e ibéricos”, me dijo. “No hace falta que seas tan sutil”, le respondí.

“Pues mira”, me permití decirle a mi amigo el musculoso una última cosa, para desquitarme: “tú sabrás mucho de spinning, de burpees, y de deportes raros, pero yo tengo un arma secreta”. Y saqué del bolsillo mis Tokkets. “Con esto, cualquier experiencia se potencia hasta el infinito, amigo.” “¿Ah, sí?” Me contestó asombrado, tan perplejo que se le desinflaron los músculos. “Pues sí, y se pueden usar en cualquier parte: en el gimnasio y también en los baños de un bar con cervezas y productos ibéricos. Hombre ya.”