¿Conoces esos momentos en los que estás realmente a tono?

Por tus venas corre la sangre ardiendo, el corazón te galopa sobre el pecho, la otra persona es para ti la más sexy del mundo, un lágrima está a punto de estallarte de puro placer… La emoción sofoca el aire.

Entonces sabes que se acerca un polvazo.

Y de repente…

Pufff.

Se rompe la magia.

Qué bajón. A la porra la sangre ardiendo, el corazón galopando y el aire sofocado. ¿Por qué te tiene que pasar esto a ti, con lo buena persona que tú eres, que reciclas y todo?

No es tu culpa, la vida es así. Fíjate, hay mil maneras de que un polvo antológico se te vaya al traste:

– Le llama su madre por teléfono, pierde el culo por cogerlo, y se rompe la magia.

– Se pone a fanfarronear de cosas de su trabajo, y se rompe la magia.

– Te cuenta las zonas que se ha depilado, cómo se le ha irritado la piel, y cuánto ha sufrido por ello, y se rompe la magia. ¿Pero esto qué es, la consulta del dermatólogo? ¿Estamos a lo que estamos o qué?

– Le preguntas si tiene algún gel o lubricante sexy, y te saca un bote enorme, que parece una bombona de butano, y que encima chorrea por todas partes, y que está pegajoso, usado y va por la mitad (¿con quién se está acostando, con medio censo?). Efectivamente, se rompe la magia.

Ay, Dios.

No hay remedio posible contra la charlatana de su madre, las idioteces de su trabajo o sus depilaciones extremas… O cambias de amante o te tienes que aguantar.

Pero, por suerte, sí es posible que el dichoso bote de lubricante no rompa la magia:

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Eso sí es amor. Amor duro. Amor del bueno. ¿Quieres probar? ¡Que nada te rompa la magia!