Todos guardamos en la memoria momentos únicos, encuentros sexuales con personas inolvidables. Porque hay cosas que no se pueden olvidar. Pero ojo, porque no es lo mismo que una experiencia sea inolvidable debido a causas positivas que a circunstancias negativas.

Me explico. Os pongo en situación: era nuestra primera cita. La cosa no había podido ir mejor. Nos había presentado una amiga común. Cuánto le debo a esa amiga. (¡Te doy las gracias desde aquí, Rosa!) Incluso le hice un regalo en señal de agradecimiento. Nada, un detallito. De bien nacido. Pero en realidad le tenía que haber levantado una estatua, que es lo que se merecía (¡te lo mereces, Rosa!), por haberme conseguido la cita perfecta. Olé las amigas que te conocen bien y te arreglan citas que funcionan.

Contextualizo. La susodicha me citó en un restaurante cercano a su casa (la cosa ya pintaba bien desde el principio, you know). Habíamos cenado. Habíamos hablado de cine (los dos éramos fans de Star Wars). También de recetas de cocina (los dos le metemos caña al horno). Y de la economía mundial (los dos tenemos problemas para llegar a fin de mes). Vamos, que estábamos congeniando tanto que sólo con las miradas ya sabíamos que allí se estaba cociendo algo grande. Concretamente, un orgasmo como una casa de grande.

Miradas. Atenciones. Sonrisas. Incluso me atreví a gastarle alguna que otra broma, alguna que otra ocurrencia graciosa (te la jugaste, amigo, pero por fortuna la jugada te salió bien). Risas. Y más risas. Efectivamente, de camino a su casa, la conversación seguía indicando lo mismo que nuestros ojos: la temperatura subía.

  • Me lo he pasado genial.
  • No hables en pasado.
  • Me lo estoy pasando genial.
  • Sube a mi casa.
  • Me encanta que uses el imperativo.

Y allí llegamos los dos, imperativos perdidos, al salón de su coqueto piso del centro. (Se dice “coqueto piso” cuando el piso es enano, pero no fue una sorpresa porque, como he dicho, durante la cena ya habíamos comentado nuestros problemas con la economía mundial).

Y entonces pasamos de las palabras a los hechos. Un beso dirigido inicialmente a su hermosa frente se convirtió en uno muy cerca de la boca. Y de muy cerca de la boca, el beso pasó a ser el clásico labio contra labio. Y del clásico labio contra labio, no se sabe cómo, pasamos al deslumbrante lengua contra lengua. El morreo de toda la vida, vamos. (“¿Morreo?” ¿Qué estamos, en el instituto?)). Y luego, pues nada, más besos, más labio contra labio, más morreos como los del instituto, más caricias, más manos por aquí y por allá, más pasión y más placer, porque todo en la vida no va a ser hablar de la economía mundial.

Anda que no sienta bien una alegría de vez en cuando.

Y mucho ojo, porque la cosa se seguía calentando.

  • Anda, ¿y eso qué es?
  • Una foto de sobrino haciendo la comunión.
  • No, me refiero a lo que acabas de sacar de ese cajón.
  • ¡Ah, esto! Es lo que nos hará vivir una experiencia a la altura de la noche espectacular que estamos pasando.
  • Madre mía. Pareces José Luis Moreno cuando presentaba programas de variedades.
  • No, en serio. Prepárate a disfrutar.

Y se acabaron las bromitas. Ya te digo que se acabaron. Porque según abrimos aquel sobrecito de formato bolsillo, la pasión creció a tamaño XL. (No sé si me explico.)

Podría decir que Toketts es lo mejor que me ha pasado en mi vida sexual, pero también podría resumir diciendo que Tokkets es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Así, en general. Porque es, igualmente, una verdad como un templo.

Por el contrario, si recordamos, al principio de este artículo comentaba que hay experiencias sexuales que son igualmente recordadas, pero no precisamente por la pasión y el placer, como me ocurrió con la chica de la conversación sobre la economía mundial y el posterior polvo del siglo gracias a mis Tokkets. En esta otra ocasión posterior, con otra chica, la cosa no me fue tan bien. Lo contaré tal y como fue:

También nos presentó una amiga común. A esta otra no le haría un regalo ni le levantaría una estatua. Con darle las gracias bastó. Y con la boquita pequeña. ¿Por qué? Pues por el disgusto.

Fuimos a cenar a un restaurante del centro. La conversación ya indicaba que la cosa no fluía demasiado. La tía venga a hablarme de sus cosas. ¡Qué ombligo tenía! Y no me refiero a que fuera bonito ni a que me hiciera la danza del vientre. Me refiero a que lo único que sabía hacer la muy maleducada era mirarse al ombligo continuamente. Que si ella esto, que si ella lo otro. Me habló de cine (“odio Star Wars”), de recetas de cocina (“para mí el horno es como el vecino del quinto, un perfecto desconocido”) y también de la economía mundial (cuando llegó la cuenta me pidió que pagara yo si tenía efectivo, que ella ya si eso invitaba otro día).

Más que nada por educación, la acompañé a casa. Por el camino no tuve más remedio que seguir escuchando imbecilidades. Subí a su piso, también por educación. Bueno, seré sincero: pensé que ya que había pagado la cena y había tenido que aguantar a aquella pesada durante toda la noche, pues ya por lo menos me acostaría con la chica que, la verdad sea dicha, físicamente no estaba nada mal. Y además, yo llevaba sin sexo por lo menos dos o tres días. (Ejem, seré sincero en esto también: mi sequía era de dos o tres meses, quizás cuatro. Cinco como mucho.)

Bueno, pues por si fuera poco, va la tía y saca un bote de lubricante de por lo menos litro y medio.

  • ¿Para que sacas esto, vas a pintar el salón?
  • No, querido. Es lubricante.
  • Pues el recipiente es enorme. ¿Lo compartís entre toda la comunidad de vecinos?
  • No entiendo. ¿Qué dices? ¿Es una broma? ¿Tú gastas bromas?

Intenté darle morreos como los del instituto y todo eso que hice la otra vez con la otra chica, pero nada, no hubo forma de crear un clímax medianamente aceptable. Ni experiencia única ni leches. ¡Ay, me tenía que haber echado unos Tokkets en el bolsillo antes de salir de casa! ¡Qué fallo!

La cosa no mejoraba:

  • ¿Has visto mi libido?
  • No, ¿por?
  • Voy a buscarla por el suelo, que es adonde se me ha caído.
  • ¿Esto es otra broma o es en serio?
  • No, esto es en serio.

Pues claro, cómo iba a estar yo. Levantaba la cabeza y veía a una chica que no tenía conexión, que no pillaba ni una, y encima estaba empeñada en usar un bote enorme de lubricante, ya abierto, que lo único que me traía a la cabeza eran más preguntas. ¿Un bote usado? ¿A la mitad? ¿Tendrá pareja estable esta tía? ¿Lo harán normalmente aquí? ¿Estarán las sábanas limpias? Qué asquete. Y si no tiene pareja, ¿retozaría ayer mismo con alguien? ¿Alguien tan necesitado como yo? ¿Cómo irá el Atleti, que hoy hay Champions? ¿Estará caducado el bote? ¿Desde cuándo no hace nada esta tía, desde hace por lo menos cinco meses? Pobrecilla, como yo.

Por eso, yo insisto. Es mucho mejor llevar tus Tokkets encima. Anda que no cambia nada la experiencia. Con su formato de bolsillo (ocupa menos que un DNI), su concepto higiénico y su diseño atractivo, los Tokkets te ayudarán a que recuerdes este o aquel momento único, pero siempre por lo bueno, nunca por lo desastroso. Y si no, que me lo pregunten a mí.

¿Y tú? ¿Llevas el placer en el bolsillo? ¿Tus Tokkets te han dado más de una alegría? ¿Piensas igual que yo sobre esos botes enormes de litro y medio de lubricante?